...Y de entré mis pensamientos más profundos encontré estas palabras que definen mis sentimientos por ti. Porque te puse mi anhelo firme de amar y ser amado, de hacerme ilusiones con tu nombre, como un niño lo hace con su súper héroe favorito.
Vengo aquí a escribirte que no sé cuál es el punto de partida cuando se enloquece por amor, pero tengo anclados en la memoria algunos momentos bastante meritorios, intactos e inalterables.
Estábamos acostados en el sillón de tu casa mientras me platicabas de tu infancia, yo escuchaba atento y te imaginaba por las escaleras y el pequeño jardín del hogar. Te dije tonterías, volteé a ver el cielo que se divisa desde tu ventana un par de veces e incluso te hable de cosas que aludían a la época porque me pareció muy atinado. La cosa era simple, pero bella. Entonces enloquecí por amor. Y desde entonces se ha sentido bien.
Era otro día sin alboroto, ¿quién diría que la magia nace en los momentos más sencillos y por eso es más fácil ser feliz?, porque ponemos atención justo en las cosas más pequeñas y blancas. Yo te acariciaba el pelo mientras tú te regocijabas entre mi pecho y brazos; absorta de la vida, de tu alrededor. Te tomé la mano con ambas mías, lo hice sin premura aun cuando todo mi cuerpo se urgía por abrazarte para siempre. Decidí quedarme quieto, quietecito, mientras contenía como recipiente todas esas ganas de sentirte cerca, cerquita. Entonces enloquecí por amor. Y desde entonces se ha sentido bien. Estúpidamente bien.
O cuando me preguntaste dónde quería vivir y lo único que se me ocurría contestar era que contigo a todo. ¿Dónde quieres vivir?, ¿cerca de qué? Y yo no pensaba en algún lugar de la ciudad en específico, ni el extranjero, algún campo o lo que fuera; yo pensaba que contigo. Porque desde que comencé a enloquecer por ti, no se me ocurre otra manera de contestar. Y desde entonces se ha sentido bien. Estúpidamente bien. Hermosamente bien.
O aquella vez, cuando comenzaste con los "niños". Me diste un juego para no extrañarte tanto, sentirme acompañado en la semana y tomarles muchas fotos; pero realmente no sabías lo que decías porque aquella noche te extrañé como nunca. Fui un niño con su objeto transicional con colores combinados entre pijama roja de cuadros a mi y pelo rosado a ti. Y desde entonces se ha sentido bien. Estúpidamente bien. Hermosamente bien. Calladamente bien.
No sé cuál es el punto exacto de partida cuando se enloquece por amor, pero tengo anclados en la memoria algunos momentos bastante meritorios, intactos e inalterables.
A veces hablamos tanto y siento tanto, pero cuando no hablamos siento igual; que cuando te toco siento también igual, y cuando te beso siento todo eso más mariposas que podrían salirse por los poros del cuerpo. Por todas esas muchas veces en mi pasado que te imagine de una forma y otra, tratando de adivinar tu apariencia actual, el largo de tu sonrisa, el iris de tus ojos y los secretos que estos guardaban, la textura y los relieves de tu piel; el largo de tu pelo con sus quiebres y diversos olores de este.
Y ahora que te tengo, evoco aquella frase: "Si el corazón se aburre de querer, ¿para qué sirve?". Escribió Benedetti, escribió muy chingadamente bien. Porque si bien quiero seguir en esta vida un buen rato más, que sea caminando acompañado de tu mano.
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