miércoles, 7 de noviembre de 2012

“Cenizas y Vino” 15/10/12 11:44 Pm.


Fuiste como los elementos: del aire aprendí a volar, de las olas aprendí a revolcarme, del fuego aprendí a quemarte y de la tierra aprendí a levantarme. Y por todas esas cosas que se suelen decir con el corazón más que con la cabeza, sobreviene perderse en otro lugar…

No era nuestra intención enamorarnos, pero con Cupido nunca sabes, en realidad no éramos ni la princesa  ni el príncipe azul que habíamos soñado; el caso es que nuestras pupilas se abrazaron mientras tomábamos en un bar  de mala muerte en el túnel del tiempo, fue un encuentro casual  y espontaneo, fue un encuentro tan frágil como un segundo, pero tan imborrable como el primer beso, teníamos una angustiada prisa, tú te vestías de duda y de certeza, perfectamente arreglada, impecable, irresistible, perfectamente bien combinada con los ojos llenitos de verdad y bien sentada; le pediste al camarero vino tinto. Estabas sola  por  decisión  propia y tu nombre era el misterio que mis sentidos deductivos más despiertos que nunca, deseaban saber.

Parecías bastante distraída, de carcajada fácil, crédula e ingenua, enamoradiza y que sembrabas las raíces del amor en cada esquina donde te pararas y en uno de esos tiernos Abriles, cuando aun no sabíamos mentir, entre las sombras y el silencio jugamos al amor,  con miradas tan firmes, tan furtivas y fugaces; que al darnos cuenta de lo que sucedía, ya teníamos entre nuestras manos y dedos un pedazo de cielo que hasta perder el sueño y no ver el sol evadir las rendijas entrecerradas de la ventana en mi apartamento, bañando nuestros rostros que al mirarse sonrieron tierna y perversa a par de niños que cometen fechoría, satisfechos de su conducta indebida. 

Fue entonces que pronuncie las primeras palabras a voz suave y baja: “Tienes una cara que advierte peligro, pero tienes esa sonrisa que invita una vida”; y acompañando tus ojos que quedaron bien abiertos por lo acabado de expresar, termine: “Quiero caer, pero en tu mirada; caer, pero en tus manos, caer, no importa el golpe, caer, siempre caer en ti”.

Desde entonces comenzamos a dormir con una sonrisa y despertamos teniendo más; fuimos pareja, una de esas tantas parejas que se toman de la mano, que se dan besos de varias formas, de esas parejas que juegan con sus cuerpos y con su destino al estar tan juntos, nos vimos muy felices. Sé que nuestra felicidad era burdamente descrita como “contenta”; relucía en nuestros ojos cuando se cruzaban y bailaba en nuestra boca cuando se encontraban nuestros labios danzando esa pieza que solo tú y yo sabíamos tocar;  Vaya éramos por nuestra sola existencia una ofensa para los infelices, para los olvidados y para algunos solteros.

………Eres un recorrido que no me cansa, me quiero para ti, te quiero para nosotros y soy tan tuyo que hasta mi sombra te envidia………..

Esas fueron mis últimas palabras antes de que el vino se terminara y comenzaran las cenizas, mucho antes de ajustarle un destino propio a la frase “Polvo eres y en polvo te convertirás”….

Comenzamos a despertar un suicidio silencioso aquel diez de Julio, tornándonos una sombra más, al resguardo entre la noche, sigilosa, inodora, fácil de perderse entre muros y callejones. Las caricias murieron en mis manos, los besos convertidos en suspiros y te amos olvidados en el viento.

Dios mío… la luna está en máximo de su esplendor y se riega el primer recuerdo en aviso que este abrirá paso al recapitulado de toda nuestra vida y yo desde aquí pensando y pensándote, reconstruyendo tus palabras una a una para imaginarte, en donde me recuerdo que no tuvimos todo el tiempo del mundo, pero construimos un mundo en ese tiempo, en donde te besé por un segundo para extrañarte toda una vida; a sabiendas y lamentándome que hoy los pobres de tus besos, mueren en una boca que no es la mía, y en la medida de lo imposible, aun te quiero.

Hay amores desbocados que siempre tienen dirección, tal como el mío y siento pena por todas nuestras hermosas historias subsecuentes, que solo han sucedido en tono de mi alucinación, mismas que me orillaron al final a escribirte un cuento con final abierto, por si decidías no quedarte, haciendo con mi memoria el pacto de extrañarte para no perder la razón y acordé esperarte para perderla absolutamente toda.

Recordando sin dolor; amando pura y delicadamente. Todo se trata de eso, porque te perdono y te pido perdón, mujer, por ser el único preludio de mi locura. 

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